
Entrevista con
Paolo Miceli
Cofundador de Miceli & Sensat
Para el público español que no lo conozca, ¿qué es Miceli & Sensat?
Miceli & Sensat es una historia de tierra, de familia y de una idea muy clara de lo que queríamos hacer. Somos un proyecto olivarero situado en Sicilia, y hoy contamos con unas 115. hectáreas de olivares con regadío, buscando la máxima calidad posible, sin compromisos, para hacer aceites con identidad, carácter y verdad.
Más que hablar de empresa, a mí me gusta hablar de una aventura agrícola y humana. Empezamos con mucha ilusión, con mucho trabajo y también con una gran dosis de riesgo, porque plantar olivos y pensar en el largo plazo exige paciencia, fe y una relación muy profunda con la tierra. Hoy estamos en un momento muy bonito, porque vemos que todo ese esfuerzo empieza a traducirse en aceites reconocidos, apreciados y cada vez más comprendidos. En este oficio uno nunca llega del todo: cada campaña te enseña algo, cada cosecha te pone a prueba, y cada aceite te obliga a ser humilde.
Al conocer la realidad del olivar italiano y también del español, ¿qué grandes diferencias encuentras entre ambos?
Habiendo conocido tanto la realidad del olivar italiano como la del español, diría que la gran diferencia está en el enfoque y en la escala, pero también en la relación emocional con el olivo. En España he visto una fuerza impresionante a nivel productivo, una gran capacidad de organización y una mentalidad muy desarrollada en términos de eficiencia, estructura y comercialización. Hay zonas donde el olivar tiene una dimensión industrial muy avanzada, y eso naturalmente da una gran potencia.
En Italia, en cambio, muchas veces todo es más fragmentado, la superficie media de un olivar es de poco menos de 3 hectáreas, más irregular, más condicionado por el paisaje, por la orografía, por los costes y por una tradición agrícola menos homogénea. Pero precisamente ahí está también su belleza. El olivar italiano es muchas veces más difícil, menos cómodo, más caro de trabajar, pero también está más ligado a una idea de territorio, de singularidad y de cultura local. En comercialización, España ha sabido ser muy fuerte en estructura y presencia, mientras que Italia ha sabido transmitir una imagen muy poderosa de calidad, gastronomía y estilo. Ambas realidades tienen mucho que aprender una de la otra.
¿Cómo puede Italia mejorar la producción de sus olivares?
En nuestro caso, además, hay un aspecto que para mí es especialmente interesante: siendo una empresa siciliana, hemos apostado también por dos variedades españolas, y debo decir con sinceridad que nos están dando muchísimas satisfacciones, tanto por la respuesta del público como por la aceptación en concursos y premios. Esto me parece muy bonito porque demuestra que el aceite de oliva de gran nivel no debe leerse con prejuicios ni con fronteras mentales demasiado rígidas. Cuando una variedad encuentra el suelo adecuado, el clima adecuado y un trabajo serio detrás, puede expresar cosas extraordinarias incluso fuera de su lugar de origen. Para nosotros ha sido una experiencia muy estimulante, y confirma que la excelencia nace del encuentro entre variedad, territorio y visión agronómica.
Uno de los grandes retos del sector oleícola es atraer a nuevos clientes jóvenes. ¿Cómo hacerlo?
Creo que la pasión por los AOVES de calidad no se transmite con discursos demasiado técnicos ni demasiado solemnes. Se transmite haciendo que el aceite entre en su vida de forma natural y verdadera. Un joven se enamora de un gran aceite cuando lo prueba y lo comprende de verdad, cuando nota que transforma un plato sencillo, cuando entiende que detrás hay una historia auténtica, cuando ve que es un producto lleno de personalidad. Hay que hacerles sentir que el aceite no es solo un alimento, sino una experiencia, una cultura del gusto, una forma de cuidar la salud y de vivir mejor. El aceite bueno debe emocionar: no en el sentido sentimental, sino en el sentido profundo de dejar una huella. Y cuando eso sucede, también las nuevas generaciones responden.